El ‘Diccionario’ y sus polémicas

No es oro todo lo que reluce, ni toda la gente errante anda perdida. (J. R. R. Tolkien)

En muchas ocasiones, soy testigo de cómo profesio­nales y legos en esto de la lengua ponen a la ínclita Real Academia Española a caer de un burro por tener demasiada «manga ancha» a la hora de admi­tir según qué términos en su Diccionario. No pretendo entrar en polémicas territoriales que hacen que a unos resulte ajeno lo que para otros es de lo más natural, ni tampoco creo que sea el momento de censurar o no determinadas acepciones (recordemos que hasta el último trimestre del 2015 se man­tuvo la controversia relacionada con la definición de gitano como ‘trapacero’, zanjada con la adición de una nota que indica que se trata de un uso ofensivo o discriminatorio). Sin embargo, sí que me siento inclinado a aclarar unos cuantos puntos, habida cuenta de la ligereza con que habitualmente se abordan las consultas al diccionario académico… o bien de lo fácil que es dar por sentado que algo es incorrecto sin cerciorarse siquiera.

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Horror en el hipermercado

Aunque este que les habla sea un superhéroe justiciero con capa y antifaz, también tiene necesidades tan terrenas como dormir y, sobre todo, comer —esta vista de lince y este olfato para la caza de erratas necesitan algo más que lecturas—. Por eso, de cuando en cuando se cuela entre el gentío para abastecerse de provisiones en esos establecimientos donde uno entra con el firme propósito de salir con lo imprescindible, pero termina dejándose convencer por algún cartelito seductor. Así, mientras busco la manera de que mi exiguo presupuesto me permita concederme alguna licencia, escruto estos letreros con ahínco y me encuentro con sorpresas dignas de mención.

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La Casa del Libro no lee

Este corrector dizque justiciero quiere hacer constar desde el frontispicio, como diría un orador de pueblo y más de oídas que de leídas, que no tiene ningún parentesco con quien pilota como se va viendo, y por lo que se lamenta, bien a su pesar, la muy lastrada nave de marca, ante todo marca, que quieren que sea España. Y lo dice porque puede dar la impresión de que anda adormeciéndose, indolente y ausente, por las esquinas —al menos no va enrabiándose por las mismas, y valga la tan tonta como ubicua excrecencia a la moda, para que se vea el horrible efecto—. Pero es solo una impresión (y además el tal de la primera línea me consta que está dispuesto a conceder entrevistas y con cuantas más preguntas mejor…; el problema es que nadie parece interesado en pedírselas), y en todo caso consecuencia de haber nacido mandado, no sé si bien o mal, pero mandado y solo eso.

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La cosa de Orange

¡Qué venganza más esperada y no precisamente fría! Los inquietos responsables de comunicación de Orange —todos los que se encargan de ese mercado parece que han de serlo, como inquisitivos y discretos los espías de toda laya— van a recibir con esta entrega lo que ellos endilgan al común de los mortales (menos a Javier Marías, claro, que abomina de artilugios tales, encastillado y displicente en su Reino de Redonda) cuando nos bombardean con sus tarifas, cada una con sus condiciones y exclusiones e infinidad de letra pequeña de verdad que nadie tiene tiempo ni ganas de leer.

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Hacerse el sueco…

No creo que ninguno de los improbables lectores se sorprenda si desvelo que este Justiciero de tres al cuarto no es muy aficionado a esas grandes superficies en las que venden de todo, incluida el alma de los supuestos compradores; lo suyo es más del comercio pequeño, esa especie en vías de extinción por mor de los hipermercados por la parte de arriba y por las tiendas de los chinos por la de abajo, con la crisis de salsa tenebrosa; ese en el que mientras duren le saludan por su nombre de pila apenas pone un pie en la puerta, le preguntan por la familia y hasta por el perro, saben lo que suele comprar —y cómo lo cocina y cuándo se lo come— y puede pegar la hebra, que le pierde, más que nada porque así no parece que está en medio de una transacción comercial, que le abruma casi tanto como oírse hablar en lo que parece inglés.

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¡Valiente telefonazo!

Aunque el tiempo vuela, y acaso más desde que se sabe curvo, diría que hace no muchos días que ese SAMUR de la lengua que es la Fundéu nos administró a los que padecemos carencias, un malestar que no todos reconocen que les afecta, y menos en estos tiempos de abundancias digitales, una de sus píldoras diarias —con excipientes dulcesabe y biensevé que las transforman en recomendaciones, más acordes con los tiempos suaves que vivimos— Pantallazo de un teléfono Samsung con sistema operativo Android en españolpara poner las cosas en su sitio o dar carta de naturaleza a los neologismos que van brotando como hongos: esto lo suele hacer, ya se sabe, apelando al principio activo de estar «bien formados» de acuerdo con las reglas de formación de palabras de esta lengua que acaba de cumplir tres centurias bajo el esmerado cuidado de la Real Academia Española, más conocida por RAE, dispuesta a limpiar, fijar y dar esplendor (¿y por qué no «esplendorear», que tiene toda la pinta de estar también bien apañada?)… aunque a juzgar por las críticas que levanta, no siempre lo consigue, no ya el ambicioso todo, sino ni lo uno ni lo otro ni lo de más acá.

En la recomendación que evoco admitía «desvirtualizar» y «desvirtualización», con el significado de ‘conocer en persona a alguien con quien previamente se ha establecido una relación virtual’, con lo que se implica que lo que resulta esencial o desencadenante es lo de la virtualidad, en tanto que la realidad es meramente secundaria, derivada. En fin, cosas de esta época de sublimación de la informática… como lo de «pantallazo», que es lo que nos reúne, por si alguien todavía no ha encontrado el camino con tanta gaita de prólogo (y eso que doy fe que al que suscribe le enseñaron hasta la saciedad lo de la oración temática, OT, para comenzar a andar en la escritura: ¡ya se ve el resultado!). Y la verdad es que este tal que alguien atento y sensible ha desviado hacia este buzón de quejas en que se ha constituido, a trancas y a barrancas, todo hay que decirlo, este que diz Corrector Justiciero es un auténtico pantallazo, en el sentido más primigenio de la expresión merced a su terminación, -azo, que hasta en los crucigramas aparece referida como propia del golpe: el DRAE, la cosificación de la RAE, lo define muy elegantemente como «golpe dado con lo designado por la base derivativa». En este caso esa tan fina «base derivativa» es la pantalla, y bien claro que resulta porque el trompazo visual solo puede calificarse de morrocotudo.

¡Lo que hay que leer!, si se permite este noble y sin embargo discreto verbo para tan corrompida operación aquí. No hay nada del texto que no sea un auténtico despropósito, y para concluir esto no hace falta ser traductor ni corrector ni bedel de la Academia. Tampoco valdría eso que también se asoma de tanto en tanto por los crucigramas como sinónimo de «leer», o sea, «interpretar«, que esto no hay donoso marqués de Villena que lo desentrañe. Desde el ChatON de la proa de babor (¿por qué no «Chatón» puestos a surrealismo?), hasta el ceceo del «precione», que estoy por apostar que ni aun un onubense dará por bueno.

Sin lugar a dudas lo que no admite reproche alguno (o uno muy muy quedito, como que se trata de una virgulilla en «Video») son los dibujitos, vale decir iconos, a ver si se va a creer que este juntapalabras —me acojo a la Fundéu— no está en la pomada. Pero para tanto como eso, ¿para qué letra alguna? Para despistar, sin duda… o para dejar bien claro que ellos, ingenio va ingenio viene, andan sobrados y que los correctores les son redundantes, por decirlo a su macarrónico ‘estilo’.

Se admitirá, pues, que, sin salir del sufijo (segunda acepción) que identifica la muestra/queja, este Cejota califique al seguro que sofisticadísimo (y euroso) aparato en que se puede ver semejante sinsentido de ¡valiente «telefonazo»!

De malos ‘traductores’ anda el mundo lleno

En el paseo marítimo de Cabo de Palos (agosto de 2009)

Mejor sería: “No animals allowed at the beach”.

A falta de un Traductor Justiciero, aunque no sea mítico, con la capa al viento o con los pies bien en el suelo, «una mujer […] a la que le gusta ver las cosas bien escritas», según se define (y no es poca cosa, bien es verdad), se ha dirigido a este atribulado corrector bitacorero para trasladarle su inquietud, y hasta enojo acaso acumulado por años de convivir con ello, por un cartel que luce tan campante encaramado a las farolas del paseo playero del cabo de Palos, que hasta este desmemoriado sedentario sabe que queda allá por los confines marítimos de Murcia, como se le quedó grabado en el disco duro avant la lettre (permítaseme lo que siempre me ha hecho tilín para salvar el anacronismo) en los tiempos heroicos del bachillerato. Lo que desconocía, por estas, es eso de que «es el último peldaño de la cordillera Bética», como ha podido leer curioso.

Quiero creer que esta noble encomienda no se haga confiando en la implacable influencia del personaje, sino más bien por el aquel de sacarse una espina, tan saludable y no siempre permitido: Murcia le queda muy lejos (y quienes le amparan no quieren saber nada de desplazamientos, y menos dietados) y además apenas si el ridículo podría hacer si por allí cayera (y no digo nada si es en bañador…).

Mencionaba a mi inexistente parigual porque no cabe duda alguna —ni siquiera a quien vive instalado en ella, pero desde luego sin sacarle el partido del circunspecto  don Renato el galo hace unos cuantos siglos— de que estamos ante una muestra de lo que puede ser traducir con los pies en lugar de con la cabeza. No sé cómo andan las autoridades municipales del cabo de Palos, que tengo entendido que dependen de la ilustre Cartagena, de romana prosapia, pero me da la impresión de que, haciendo de la necesidad virtud —locución verbal que ha de tener sus mejores días en tragos críticos como el que nos depara la economía—, o se han puesto en manos del piernas (una figura literaria de carambola que ha de tener nombre, como todo, por insólito que resulte) que echaron de subtitulador de películas que ya se asomó a este blog-pero-menos, o lo han copiado del homework de alguno de los nietos más jóvenes de quien esté al mando con vara, con el propósito de ahorrarse unos eurillos.

Y es que en esta «señal con literatura», como diría una amiga teutonizada de las que predominan en su país de adopción, se han cometido, a juicio de este justiciero ma non troppo (me sea admitido ahora el italiano, exprimiendo recursos lingüísticos, por elevar el ya de por sí bajo nivel que me asiste, pero es que metido en faenas idiomáticas se me convulsiona la poliglotis), dos errores: el primero, añadir texto a la imagen que ya todo el mundo entiende, aunque no tengan en la cartera el carnet que acredita como expertos conductores de vehículos automóviles (pero sí que sabe que la limitación no se refiere únicamente a los galgos, que parece ser lo representado, aunque no tenga ni idea de iconografía, y mucho menos de la teoría de la Gestalt); el segundo, meterse en dibujos de traducción sin un mínimo de recursos o de sensatez —casi siempre el mejor de los recursos—, porque seguro que habían quedado más lucidos a una mala a poco que hubieran aprovechado cualquiera de esos servicios de traducción que se ofrecen ya hasta en la página web de los fabricantes asociados de varillas de abanicos, un suponer.

Aunque, no está de más decirlo, donde esté un traductor con piernas, que se quiten hasta los más sofisticados de circuitos: solo ellos, además de precisión, son capaces de añadir «lustre», algo que está más que claro que les ha faltado a las autoridades cabopalenses o cabopalosinas, que se han conformado con lo «cutre», que tiene menos letras pero dónde va a parar.

Vale.